José Ignacio Vidal

«No grasas Trans, mínimo de grasas saturadas, ausencia de alimentos basados en azúcares refinados, y no sal, excepto la contenida en los alimentos en sí mismos. Seguir en todo momento las pautas de la Dieta Mediterránea.»

Llegamos en Cronic a un mandamiento indispensable: la alimentación, en este caso la buena alimentación. Y no solo para los enfermos crónicos, sino para todas las personas, con el objetivo de que nuestro cuerpo funcione correctamente y no sufra desajustes, al menos en nuestros órganos más importantes.

En una época, ésta en la que vivimos actualmente, en que parecemos con el culto al cuerpo y las “dietas milagro”, desde Cronic queremos apostar por algo seguro y que siempre ha dado resultados. De hecho, es mundialmente famosa: la Dieta Mediterránea, sobre la que luego volveremos.

Decíamos al empezar este mandamiento, que rechazamos las grasas trans. Éstas son un tipo de ácido graso insaturado que se encuentra principalmente en productos industrializados que han sido sometidos a hidrogenación. Las grasas trans no solo aumentan la concentración de lipoproteínas de baja densidad en la sangre (LDL), sino que además disminuyen las de alta densidad (HDL), lo que coloquialmente se denomina el “colesterol bueno”, dando lugar a un mayor riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares. Este tipo de grasas se encuentran fundamentalmente en comidas rápidas (MsDonald’s, Burguer…), en productos comerciales de pastelería (sobre todo los bollos y demás sucedáneos empaquetados), en alimentos procesados y en fritos. Otros productos “trans” son las palomitas de maíz (las de microondas), las sopas y salsas preparadas, los congelados (especialmente las pizzas), productos precocinados, helados y donuts, palmeras de chocolate, etc.
En cuanto a la sal, que también nombrábamos al principio, en Cronic abogamos por un consumo responsable y más bien restrictivo, es decir, casi limitémonos a la sal que ya de por sí llevan ciertos alimentos, porque el exceso de este condimento crea hipertensión, esto es, aumenta la tensión arterial, conlleva riesgo de enfermedades cardiovasculares y de cardiopatía coronaria en adultos. Es cierto que tiene beneficios claro, como que contribuye a que los huesos se conserven sólidos y no se descalcifiquen, pero mejor ser prudente. O sea, aquel dicho de “la sal en la mesa”, que quería decir que no se cocinase con sal sino echarse un poco una vez sentado a la mesa, mejor que no. Ya llevan los alimentos la dosis necesaria para nuestro organismo.

También nombrábamos al principio los alimentos basados en azúcares refinados. Porque también el azúcar conviene utilizarla con prudencia, no nos olvidemos. Es cierto que nuestro cuerpo necesita azúcar para funcionar, en especial nuestro cerebro, pero este azúcar es importante encontrarla en fuentes naturales y no en productos industriales. El consumo excesivo de azúcar puede producir caries, aumento de peso, diabetes, nerviosismo (ya que una ingesta excesiva puede producir también estrés, ansiedad y dificultad para concentrarse en una tarea), así como hipertensión y colesterol. ¿Cómo sabemos que estamos consumiendo demasiada azúcar? Porque no se deberían superar los 25 gramos diarios, algo que en realidad resulta muy difícil. Lo más sencillo, y sin obsesionarse tampoco porque no es bueno, es evitar los alimentos procesados y de bollería industrial, que son los mayores “inyectores” de Azúcar en nuestro organismo.

Y en este punto llegamos a la dieta Mediterránea, sancta-sanctorum de nuestro séptimo mandamiento. ¿Qué es exactamente y qué consiste la dieta mediterránea?
En una definición general, se conoce como dieta mediterránea al modo de alimentarse basado en una idealización de patrones dietéticos de los países mediterráneos, especialmente España, Portugal, Italia, Grecia, Marruecos o Chipre. Se resume en reducir el consumo de carnes e hidratos de carbono en beneficio de de más alimentos vegetales y grasas monoinsaturadas.

Entre los ingredientes recomendados están las verduras y legumbres, la fruta, el pescado, las carnes blancas, la pasta, el arroz y los frutos secos, además del consumo de vino con moderación. Otro de los productos más recomendados es el aceite de oliva extra, que gracias al ácido oleico y a sus grasas de origen vegetal disminuye el riesgo de padecer obstrucciones en las arterias, y tiene un alto contenido en carotenos y vitamina E. Además en la dieta Mediterránea se caracteriza por bajo nivel en grasas saturada, no más del 15%. Y por otro lado los aceites ricos en
Oleocanthal, como han demostrado Paul Breslin, Legendre y Foster, matan células cancerosas en 30 minutos sin dañar las sanas, in vitro (en laboratorio) además de ser un potente antiinflamatorio.

Los beneficios para la salud que supone esta dieta son más significativos cuando se combinan con el ejercicio físico. Este ha de ser moderado, pero a ser posible ha de realizarse durante al menos 30 minutos diarios, cinco días por semana. Opciones como caminar a paso ligero o la natación resultan aconsejables. El seguimiento de la dieta mediterránea, además de ayudar a controlar el peso e incrementar la sensación de bienestar físico, mejora el funcionamiento de diversos órganos, como el riñón y el corazón. Además de fortalecer músculos y huesos.
Por descontado que desde Cronic recomendamos su práctica, ya que es una muy buena manera no solo de cuidar el aspecto físico, sino de que nuestra salud sea más fuerte.