Cuando el suministro de sangre hacia el corazón se detiene o se reduce drásticamente, el corazón queda privado de oxígeno. Si el flujo sanguíneo no se restablece en el lapso de pocos minutos, partes del músculo cardiaco empiezan a morir y se produce daño permanente del corazón. Este proceso se denomina infarto de miocardio, pero se conoce popularmente como ataque cardiaco. Como esto sucede cuando las arterias coronarias no pueden suministrarle al corazón suficiente oxígeno, los médicos suelen llamar “coronariopatía” al ataque cardiaco.

El Ataque cardiaco empieza, de manera característica, por un dolor sostenido, profundo y severo en el pecho, que puede irradiar al brazo izquierdo, al cuello, a la mandíbula o al área entre los omóplatos. El dolor puede durar hasta doce horas. Muchas personas que han tenido ataque cardiaco lo describen como una presión muy fuerte y subesternal que se percibe como si le estuvieran apretando a uno el pecho. Otros síntomas que se pueden presentar son sensación de ahogo, sudoración, nauseas y vómito. Además, el ataque cardiaco puede producir arritmia, es decir, ritmo cardíaco irregular.

Hay tres circunstancias básicas que pueden derivar en un ataque cardiaco. La primera, e indudablemente la más frecuente, es la obstrucción parcial o total de una de las arterias que abastecen de oxígeno al corazón, usualmente a causa de un coágulo sanguíneo. A menudo, tras años de estar enfermas, las arterias coronarias se han estrechado. Esto lleva a la acumulación de placa –formada por depósitos grasos ricos en colesterol, proteína, calcio y exceso de células del músculo liso- en las paredes de las arterias. Las paredes arteriales se engruesan e impiden que la sangre fluya hacia el músculo cardiaco. Al volverse ásperas las paredes de las arterias a causa de los depósitos de placa, no sólo las arterias se estrechan sino que se facilita la formación de coágulos en su superficie interna. Cuando un coágulo se desarrolla o se desprende de su lugar de origen y viaja a través de los vasos sanguíneos, puede bloquear completamente una arteria coronaria, lo que da por resultado un ataque cardiaco.

La segunda circunstancia que puede precipitar un ataque cardiaco es la existencia de una arritmia que le impida al corazón bombear suficiente sangre para garantizar su propio abastecimiento. La tercera circunstancia es que un punto débil de un vaso sanguíneo, llamado aneurisma, se reviente y provoque hemorragia interna, lo cual afecta al flujo sanguíneo normal.

Tolo lo que le imponga al corazón y/o a los vasos sanguíneos tensión adicional –por ejemplo, una crisis emocional, una comida pesada, hacer demasiado ejercicio físico o levantar un objeto pesado- puede desencadenar un ataque cardiaco, aunque esos factores no son la verdadera causa del problema. Entre las personas más vulnerables a sufrir un ataque cardiaco están las que tienen antecedentes familiares de enfermedad cardiaca, las que fuman y/o abusan de las drogas, las que tienen diabetes, alta presión arterial, niveles alto de colesterol y/o triglicéridos, las que llevan una vida sedentaria, y las que suelen vivir estresadas.

La tercera parte de todos los ataques cardiacos se presentan sin avisar. Al resto de los ataques cardiacos los anteceden meses o años de síntomas, especialmente angina de pecho: un dolor en el pecho que suele aumentar con el estrés o el ejercicio físico, y que disminuye con el descanso. Al igual que el ataque cardiaco, la angina de pecho es producida por falta de oxígeno en el músculo cardiaco, aunque el grado de privación de oxígeno no es tan alto como para dañar el tejido cardiaco. Durante los días o semanas previos al ataque cardiaco, mucha gente se queja de angina de pecho intermitente, sensación de ahogo y/o fatiga inusual. Una sensación de acidez estomacal que dura varios días y no mejora con antiácidos puede ser señal de un ataque cardiaco inminente.